Las miradas del seductor eran para la jóven halagüeñas hasta el último extremo: pero á la madre le producian el mismo efecto que la mirada fascinadora de la culebra.
El mozo se acercó.
Las dos mujeres pidieron helados, y mientras los saboreaban dijo la madre:
—Ese hombre no me gusta.
—¿Y por qué?—preguntó Paquita.
—No acierto á explicarlo.
—Basta que me guste á mí para que tú lo encuentres mal.
—Si estuviese aquí tu padre...
—Seria de tu opinion y de la mia, porque ya conoces su sistema.