—Sí, lo conozco demasiado bien.

—Déjame ahora, que necesito observar.

La madre se resignó y calló.

Entre Paquita y Alfredo cruzáronse miradas elocuentes, tan elocuentes que se entendieron sin necesidad de hablarse.

Así pasaron más de una hora.

Eran cerca de las diez, y determinaron volver á su casa, porque la jóven no queria mortificarse contemplando los vestidos y adornos de gran valor de doña Cecilia y Adela.

Además, la visita no tenia ningun objeto de verdadero interés, pues desde que el nuevo pretendiente se habia presentado, para nada necesitaba Paquita los buenos oficios de doña Robustiana.

Sin necesidad de esta, aquella tendria marido.

Tambien se evitaria el disgusto de que la casamentera le hablase de las grandes ventajas que le ofrecia su union con Juanito.

Aunque este contase con recursos para vivir desahogadamente, segun él decia, no era tan rico como Alfredo, ni pertenecia al gran mundo.