¡Brillar en el gran mundo!

Esto era la suprema dicha.

Mientras Paquita lanzaba miradas ardientes al seductor, hacia lo mismo que la lechera de la fábula, y ya le parecia verse en los salones de la alta sociedad, cubierta de seda y de joyas, siendo la envidia de las mujeres y la admiracion de los hombres, y mirando con desden á todos los tertulianos de doña Robustiana.

Llamaron al mozo para pagar; pero este dijo que ya habia cobrado.

Figúrese el lector la sorpresa de las dos mujeres.

Mostráronse muy disgustadas, y la madre insistió para que el mozo cobrase.

El mozo volvió la espalda y se alejó.

No habia que preguntar quién se habia tomado la libertad de obsequiarlas.

El deber de ellas era dejar sobre la mesa el dinero y salir sin dirigir siquiera una mirada al galanteador, y revelando en sus semblantes que se consideraban ofendidas; pero les faltaba el valor para hacerlo así.