Lo que esto es para un empleado de poca categoría, no lo comprenden sino los que lo son.
Siguió hablando la madre y culpó á su marido de encontrarse tan atrasado en su carrera.
—Con su carácter,—decia,—no puede suceder otra cosa. Le prometen, no le cumplen, y él se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para que se meta en política, porque así es únicamente como se medra; pero ni siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va como un borrego á votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi marido más que para una cosa, para una no más, para quemarme la sangre con su cachaza. Mire usted qué suerte le esperaria á mi pobre Paca si yo no estuviera en el mundo.
—Señora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energía, su grandeza de alma. Si esta señorita se parece á usted...
—Es mi retrato, usted lo verá.
—No del todo, mamá,—se apresuró á decir Paquita,—porque tu carácter violento...
—Señorita,—interrumpió Alfredo,—usted confunde la rara energía de su mamá con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias...
—Eso es, las circunstancias,—dijo la madre.
Llegaron á la casa.
Alfredo les prometió una visita, rogando lo pusiesen á las órdenes del señor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita, y añadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se expresaran las vicisitudes del antiguo empleado.