Despidiéronse.
Dió Alfredo algunos pasos, detúvose, y vió cómo las dos mujeres abrian la puerta, encendian un fósforo y desaparecian.
El trastorno de Paquita habia llegado al último punto.
—¿Y qué dirás ahora?—le preguntó á su madre.
—Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. ¡Y qué lenguaje tan fino! ¡Y cómo comprende las cosas á media palabra que se le diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues ¿y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta ocasion, no encontrarás otra. Cuida mucho de ocultar los pícaros defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perderá.
—¿Y en qué consisten mis defectos?
—Lo sabes demasiado bien.
Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior.
Paquita arregló su cama despues que hubieron cenado con la jícara de chocolate, segun costumbre.