—Señora.

—Parece que está usted violento, y la verdad, lo que más me hace sufrir es que no hable usted con franqueza, porque nosotras somos muy francas.

Difícilmente contenia su impaciencia Alfredo.

No podia volverse para abrir la puerta y quedar libre, porque su levita se hubiera roto, y no le importaba el valor de la prenda, sino la situacion ridícula en que debia quedar.

Las preguntas, contestaciones y réplicas acabaron por poner en gran cuidado á Paquita, y no pudiendo contenerse, corrió y se presentó á su amante, diciendo con voz angustiosa:

—¡Dios mio!... ¿Pero qué sucede?... Pierde usted las fuerzas, no puede negarlo...

—Lo que pierdo es la paciencia,—interrumpió Alfredo, que quiso terminar aquella escena aun á trueque de renunciar á su amorosa conquista.—Si no me muevo, es porque no puedo moverme... Abran ustedes la puerta, y se lo agradeceré como el más señalado favor.

—¡Abrir la puerta!—exclamó la madre de Paquita con acento de sorpresa profunda.—¿Pues por qué piensa usted irse apenas ha puesto el pié en nuestra pobre casa?

—Señora, estoy preso...