—¡Preso!...
—Mi levita...
—¿Qué quiere usted decir?... Aquí no aprisionamos á nadie, á nadie violentamos...
—Mire usted, mire usted,—dijo desesperadamente el calavera.
Y al mismo tiempo llevó una mano hácia el dorso de su vientre para llamar la atencion al punto que le presentaba el obstáculo.
Este movimiento se prestaba á interpretaciones que no tenemos para qué mencionar.
Paquita bajó los ojos, y haciendo un esfuerzo consiguió ponerse colorada como un tomate.
La madre arrugó el entrecejo.
Supuso que Alfredo se burlaba de ellas, llevando su audacia hasta el punto de traspasar los límites de la decencia.
Y Alfredo era digno de lástima en aquellos momentos críticos, pues de espaldas contra la pared y junto al marco de la puerta, no podia mover más que los brazos.