—¿Y qué hemos de ver ahí?—preguntó la madre con severo tono y aludiendo á las señas que el aristocrático jóven acababa de hacer.

—Mi levita, mi levita,—gritó por fin el calavera.

Aún no entendieron las dos mujeres; pero quiso la casualidad que llamasen otra vez, y abriendo la esposa de don Pascual, quedó Alfredo libre, y libre tambien quedó el paso para el aguador.

—¡Gracias á Dios ó al diablo!—exclamó el jóven.

Y enseñó arrugado y medio destrozado el faldon de su levita.

—¡Ah!—exclamó la madre.

—Eres torpe, mamá, muy torpe,—dijo Paquita.—¿Qué pensará este caballero de nosotras?... Ahora no creerá que tienes mucho talento, pues lo que acaba de suceder...

—Esto no es nada,—dijo Alfredo, que bien pronto recobró la calma.—Una casualidad... y tal vez la torpeza es mia, por no haberme explicado bastante bien.

—Jesús, estoy sofocada y...

—Olvidemos lo que no merece la pena de mencionarse.