Quiso la madre de Paquita remediar la falta, y corrió en busca de un cepillo para quitar el polvo que habia quedado en la levita.
Alfredo se dejó limpiar, porque estaba convencido de que era lo mejor que podia hacer.
Entraron en la sala, donde no habia más muebles que una mesa con tapete de hule, algunas sillas con asiento de paja y un pequeño espejo.
Paquita, que era de esas criaturas nécias hasta el punto de avergonzarse de la pobreza, como si la pobreza fuera un crímen, cometió la insigne tontería de decir que si la casa se encontraba en tan humilde estado, consistia en que se estaba renovando el mueblaje y los adornos, y se habian puesto provisionalmente aquellas sillas.
Con toda su alma estaba convencida la jóven de que Alfredo creeria que aquella pobreza era transitoria, interina, pudiera decirse.
Aseguró el calavera que él tenia su habitacion amueblada, poco más ó ménos, lo mismo, y con esto quedaron las dos mujeres completamente tranquilas.
Dióse principio á la conversacion, hablando Paquita de lo desagradable que le era pasar el verano en Madrid, y quejándose de su padre, porque no queria pedir un par de meses de licencia para llevarla siquiera á San Sebastian, ya que no fuese á Biarritz ó las pintorescas montañas de Suiza.
—Yo pasaria la vida viajando,—decia la jóven con tono sentimental.—En unos sitios admiraria la naturaleza, en otros estudiaria el arte, y por donde quiera se me presentarian ocasiones para observar y apreciar las costumbres.
—¿No le agrada á usted la vida de Madrid?—preguntó Alfredo.