—En invierno, no más que en invierno.

—¿Es usted aficionada á la música?

—¡Ah!... ¡La música!... Es el lenguaje del alma... Y los grandes artistas... Verdi, Rossini... La Penco, Tamberlikc...

—¿Te olvidas de Arderíus y Caltañazor, que nos han dado tan buenos ratos?—interrumpió la madre.

—Mamá, tú no entiendes de eso.

—¡Que no entiendo!... ¿Pues no tengo ojos para ver todo lo que hacen en la Bella Elena y en los Dioses del Olimpo? ¿Y la zarzuela Por seguir á una mujer? ¿Y la otra de Los Magiares, donde sale aquel soldadote que no habla, y Caltañazor se presenta vestido de fraile? Pues tú bien te reias, y luego estabas á todas horas aturdiéndome con la cancion de la punta del pié.

Paquita hubiera querido ser basilisco para aniquilar á su madre con una mirada.

—Perdone usted,—le dijo Alfredo;—pero yo tengo el mismo gusto que su mamá, y por una vez que voy á la ópera, voy diez á los bufos.

—Lo único que me desagrada,—repuso la esposa de don Pascual,—son los trajes de las suripantas.

—A mí tambien; pero no las miro, y así todo se remedia.