—Pues yo,—añadió Paquita,—tengo pasion por la música alemana, y por eso hablo de Verdi y de Rossini.
Mucho tuvo que esforzarse Alfredo para no soltar la carcajada al oir á Paquita; pero si esta decia desatino tras desatino, no era por eso ménos interesante su belleza, pues sus palabras nada tenian que ver con sus miradas de fuego y los demás hechizos con que habia querido dotarla la naturaleza.
Si era tonta, mucho mejor, y si nécia, bien merecia duro castigo por su culpa.
Lo mismo que de música, habló la jóven de comedias, de novelas y hasta de política, y no hay que decir que de su boca salian tantos disparates como palabras.
Despues de media hora, pidió el calavera la nota relativa á la situacion de don Pascual.
Se la entregaron, la leyó y la guardó.
Llamaron otra vez.
—Con permiso de usted,—dijo la madre de Paquita.
Y salió para abrir.
—Ayer mismo se fué la criada,—dijo la jóven,—y esperábamos una que no ha venido.