Derrotar al jóven aristócrata era un imposible.
¿Cómo habia de competir un pobre diablo con un capitalista?
Y sobre todo, en caso de rivalidad era posible que el capitalista se enfadase y que quisiese llevar la cuestion á un terreno que á Juanito le hacia temblar.
Disimuló el pobre como mejor pudo, tragó saliva, dirigió algunas frases irónicas á la jóven, y se fué.
No le quedaba más consuelo, más desahogo que la murmuracion, y apenas llegó la noche fué á casa de la viuda, y en plena reunion dió la noticia de los amores de Paca.
Hiciéronse comentarios que no queremos repetir.
Doña Robustiana acarició su gato mientras decia:
—No me agrada ese asunto.
Doña Cecilia, agitando el abanico como si estuviera sofocada, exclamó:
—¡Quién habia de pensarlo!... Verdad es que Paquita, como tiene el pico tan suelto y mueve los ojos con tanta habilidad... En fin, ya lo ves, Adela, para que una mujer haga fortuna, es menester que sea desvergonzada.