—¡Jesús!—murmuró la niña mofletuda.

Y bajó los ojos, aunque bien pronto los levantó para cruzar con Eduardo una mirada tiernísima.

Al tahur le pareció conveniente dar aquella misma noche el paso decisivo, y si dudó algunos momentos, sus vacilaciones terminaron al decirle doña Robustiana:

—Deje usted pasar algunos dias, y se quedará á la luna de Valencia, lo mismo que Juanito.

—Antes la muerte,—respondió Eduardo con trágica entonacion.

—Y para que no peque usted de ignorancia, le advierto que hay moros en la costa.

—¡Señora!...

—Lo dicho.

—Esta misma noche pasaré el Rubicon, y si no triunfo como César, moriré como el caballero Bayardo, sin volver la espalda al enemigo.

—No entiendo eso; pero me parece bien, y puesto que está usted tan decidido, le proporcionaré la ocasion, haciendo que los unos se distraigan con la música, y entreteniendo yo á doña Cecilia.