—¡Cuánto le debo á usted, doña Robustiana!
—Recompensada me consideraré si consiguen ustedes ser dichosos.
Dispuso la viuda que se tocase el piano y ella se sentó al lado de doña Cecilia, mientras que por una hábil maniobra, y perdónesenos la palabra, quedaba Eduardo al lado de Adela.
Podian hablar los dos jóvenes con todo descuido, puesto que su voz debia quedar ahogada por el ruido del armonioso instrumento.
Adela pareció temerosa de no encontrarse junto á su mamá, aunque la verdad es que aquella evolucion le habia parecido muy agradable.
Bajó los ojos, fijando la mirada en el abanico, y esperó sin articular una sílaba y como el reo que en presencia de su juez aguarda la sentencia.
Eduardo quiso probar una vez más que sabia representar admirablemente su papel, y despues de exhalar tres suspiros, que gradualmente fueron más lánguidos, exclamó:
—¡Adela, Adela!...
Hubiérase dicho que la voz se ahogaba en su garganta, ó lo que es igual, que se le atragantaba el amor y que no podia salirle del pecho para comunicarlo á la sensible jóven.