Esta se estremeció, y bajando más la cabeza, murmuró dolientemente:

—¡Eduardo!...

—Si todo lo que se siente pudiera expresarse, si cuando el corazon, abrasado y destrozado, y el alma... ¡Oh!... perdone usted, Adela... estoy trastornado, estoy loco.

—¡Ay!...

—Sufro mucho, Adela.

—¡Que sufre usted!—replicó la robusta jóven, levantando al fin la cabeza y mirando al tahur.

—¿Es posible que usted no lo haya comprendido?

—¡Ay!—volvió á decir Adela.

—No puedo más, no puedo más...