—¡Eduardo!...
—Tal vez para terminar mi vida vengo en busca de la luz de los ojos de usted, como la mariposa que busca la llama donde ha de abrasarse; pero la muerte es preferible á mi situacion, porque la muerte es el descanso, es el olvido...
—¡La muerte!... ¿Pero está usted loco?
—Loco estoy, sí, ya lo he dicho.
—¡Ay!...
—Y la culpa es de la negra fatalidad que me persigue, la negra fatalidad contra la que es inútil toda lucha. Ya sé que usted no me ama, y que para otro más feliz guardará el tesoro de sus encantos, de sus hechizos arrebatadores; el tesoro de sus virtudes y de su angelical ternura...
—No, no.
—Pero quiero salir de dudas, quiero sucumbir de una vez bajo el peso de la espantosa realidad que me espera.
Adela se movió con señales de gran desasosiego.