Suspiró una y otra vez, abrió y cerró el abanico, y al fin exclamó:

—¡Dios mio!...

—Pronuncie usted la sentencia.

—Pero...

—Pronúnciela usted... ¡oh!... las vacilaciones de usted son demasiado elocuentes; usted no me ama, no es usted dueña de su corazon...

—Se equivoca usted...

—Pues si otro dichoso mortal no ha encendido en su pecho la llama inextinguible de una pasion...

—Le digo que se equivoca.

—No me ama usted, Adela.

—¡Ay!... sí.