—¡Ah!... venga la muerte, venga todo...
—No hable usted de cosas tan tristes...
—¡Me ama usted!... ¿Es posible tanta dicha? ¿No estoy soñando? ¿No he perdido la razon?
—Pero mamá...
—No será tan cruel que me destroce el alma.
—Déjeme usted sosegarme, se lo suplico.
—¡Dejarla!...
—Nos miran...
—¿Y qué me importa?