—Luego murmurarán...
—No pueden decir sino que nos amamos, que somos felices.
No tenemos para qué seguir repitiendo las palabras de los dos amantes.
Adela consiguió despues de algunos minutos recobrar la calma, y Eduardo hizo una pintura de su amor, llegando hasta el último punto de la sublimidad y prometiendo escribir aquella misma noche unos versos que expresasen su dicha y los goces infinitos que le aguardaban en union de la hermosa rubia.
Una hora despues volvió Adela al lado de su madre, y esta le preguntó:
—¿Qué te ha dicho?
—¡Ay, mamá!
—¿Se ha explicado al fin?
—¡Qué feliz soy!
—Ahora no se dará importancia Paquita y nada tendrás que envidiarle.