Tanto respeto, tanta sumision, debilitó algunas veces el valor de Alfredo para consumar el abuso con que intentaba coronar su obra.

¿No era una cobardía herir mortalmente á los que no podian luchar ni oponer la más leve resistencia?

Así lo pensó el depravado jóven alguna vez; pero discurriendo torpemente, creyó que retroceder era una cobardía.

Paquita habia sido ya objeto de las burlas y de las conversaciones de Alfredo, con sus amigos.

Ella no sospechaba nada de esto, sino que creia que representaba un gran papel.

¿A quién debia exigirse la responsabilidad de las desgracias que amenazaban á la familia de don Pascual?

A este le parecia que su esposa y su hija iban por mal camino; pero le faltó el valor para oponerse á las contínuas locuras que las dos mujeres intentaban.

Paquita, sin conocimiento del mundo, ni mucho ménos del corazon humano, se habia dejado deslumbrar, habia soñado imposibles, y con la tranquilidad de su ignorancia habíase colocado en la resbaladiza pendiente que debia conducirla al abismo.

No sabia la infeliz, con cuánta facilidad se desprestigia una mujer, y tampoco se le alcanzaba cómo es objeto de desprecio y burla cuando ha perdido el prestigio.

Ningun hombre que estimase en algo su dignidad, podia decidirse á ser esposo de la jóven.