Hablaron las dos mujeres al calavera del sacrificio que habian exigido de don Pascual.

Alfredo dió otra prueba más de entendimiento y astucia, diciendo que el padre de Paquita pensaba cuerdamente, pues no siempre conviene hacer lo que se desea, sino lo que debe hacerse, y siguiendo sobre este punto la conversacion, acabó por decir:

—Yo tampoco, señora, podré salir de Madrid este año.

—En ese caso nos quedamos,—se apresuró á responder Paquita.

—No se quedarán ustedes, porque me complacerán aceptando lo que ya he querido ofrecerles más de una vez.

—Caballero...

—No imaginen ustedes que voy á poner mi bolsillo á su disposicion; pero sí mi casa de recreo en las cercanías de Hortaleza. El sitio es delicioso, y me parece que se encontrarán ustedes allí muy bien. Al mismo tiempo me prestarán ustedes un gran servicio, porque la casa está en un lastimoso abandono y los criados que hay allí hacen lo que se les antoja. Yo podré ir á visitarlas á ustedes casi todos los dias, y así no me privaré de la dicha de verlas.

La proposicion era deslumbradora.

Alfredo probó, como dos y dos son cuatro, que la madre y la hija tendrian allí cuanto necesitasen, sin que esto representase para él ningun sacrificio.

Las señoras de Bonacha no necesitaban dinero para hacer este viaje, y don Pascual podria muy bien pasarse solo una temporada, aprovechando los domingos para ir á dar un abrazo á su esposa y á su hija.