Sintió esta que el alma le retozaba alegremente en el cuerpo, y le costó mucho trabajo disimular la turbacion de su inmenso júbilo.

A la madre le parecia tambien delicioso habitar en una casa magnífica, y estar servida por un ejército de criados y tener todas las comodidades que tienen los ricos.

¿Por qué habia de morirse sin disfrutar todo esto?

Su marido jamás habia de proporcionárselo, y era una tontería desaprovechar la ocasion.

Respondieron que no mil veces; pero se dejaron convencer, y al fin aceptaron como si quisieran dar una prueba de gratitud.

Apenas se fué Alfredo, entregóse Paquita á los trasportes de su júbilo, y se ocupó en revisar y arreglar su pobre equipaje.

Cuando don Pascual supo lo que sucedia, hizo un gesto de desagrado.

—¿No te parece bien?—le preguntó su esposa.

—Tanto me disgusta lo mucho como lo poco.