—Está visto, has nacido para ser pobre, y todo lo grande te asusta.

—Me parece que nuestra modesta posicion...

—Calla, Pascual, y no digas tonterías... Pues qué, ¿no somos tan señoras como la primera? Siempre estás haciéndote el humilde, y por eso no has medrado, ni medrarás.

—La humildad nada tiene que ver con que mi hija vaya á vivir precisamente á la casa de su novio, porque el mundo siempre piensa mal, y puede suceder...

—El novio se queda en Madrid.

—No importa.

—Y sobre todo, no podemos hacer un desaire al hombre á quien le debemos toda nuestra fortuna. ¿Qué sucederia si se enfadase? Nuestra hija perderia el más brillante porvenir, y tendria que resignarse á ser esposa de un hambriento como Juanito, si es que alguno queria casarse con ella.

Lo mismo que siempre, á don Pascual le faltó el valor para oponerse á los deseos de su mujer y de su hija.

Tres dias despues se despidieron de doña Robustiana y sus amigos, y á las diez de la mañana siguiente se detuvo un lujoso faeton á la puerta de la casa de don Pascual.

El faeton era de Alfredo.