Eran las tres de la tarde cuando nuestro jóven, despues de ponerse su corbata más vistosa y sus guantes de color de perla, fué á la suntuosa morada del conde de Romeral.

Tenia este una hija jóven y hermosa, y que debia heredar su título y sus riquezas, y Juanito, pensando como Paquita pensaba, soñando como habia soñado siempre, supuso que era posible que su persona interesase á la hija del conde, en cuyo caso debia considerar hecha su fortuna.

El mes de Agosto corria, y debemos advertir que las señoras de Bonacha debian muy pronto regresar á su humilde vivienda de la calle de San Lorenzo.

Lo que habia sucedido en la deliciosa casa de recreo, lo sabremos despues; pero ahora es preciso que fijemos toda nuestra atencion en el desdichado pretendiente.

—¿El señor conde?—preguntó.

—Tiene visita,—le respondieron.

—No importa, esperaré, porque he de entregarle una carta da su amigo el señor don Pedro de Almendares.

—¡El señor de Almendares!... Eso es otra cosa. Se pasará recado á su excelencia, porque la visita que tiene es de mucha confianza, y tal vez no haya inconveniente para que sea usted recibido.

El criado desapareció, volviendo un minuto despues para decir:

—Pase usted, caballero.