Siguió Juanito al sirviente, y despues de atravesar muchas habitaciones ricamente amuebladas, entró en una donde habia tres personas: el conde, su hija y el amigo de tanta confianza á quien habia aludido el criado.

El conde de Romeral tenia sesenta y cinco años: era de escasa estatura, enjuto de carnes, de rostro aguileño, pálido y enfermizo, y ojos pequeños, redondos y hundidos.

Recostado en un ancho sillon y envuelto en su bata, apenas podia distinguírsele, pues estaba colocado en el sitio más oscuro de la habitacion.

Indolente por carácter y por costumbre, era uno de esos hombres que hacen un gran sacrificio cuando tienen que ocuparse de algun negocio, y aunque para los suyos tenia más servidores de los que en realidad necesitaba, faltábale todavía uno que á todas horas se encontrase á su disposicion y que se ocupase de ciertas pequeñeces en que no podian entender los demás.

No tenia el conde más hijos ni parientes que la bellísima jóven que á su lado se encontraba, y en ella habia concentrado todo su cariño.

El conde de Romeral era un hombre honrado en todos sentidos, y puede decirse que no tenia más defecto que su pereza.

En cuanto á su carácter, presentaba contrastes dignos de mencion, pues mientras unas veces se le veia caer en una melancolía profunda, otras veces hablaba, bromeaba y reia como un niño.

Si se enfadaba, no duraba su arrebato más de medio minuto, y luego parecia muy pesaroso de haberse dejado llevar por la cólera.

Con semejante padre, era la jóven completamente feliz, y ella disponia á su antojo y como absoluta dueña, pues el anciano no queria tomarse la molestia de mandar.