Además de estas cualidades, era el conde muy sencillo, lo mismo en su lenguaje que en sus costumbres, pues á lo único que le daba valor en el mundo era á la honra.

Dotado de un gran fondo de benevolencia, juzgaba favorablemente á todo el mundo, y por consiguiente no habia nada más fácil que engañarlo.

Su hija, que tenia veintidos años, era un verdadero prodigio de belleza, y aunque habia heredado muchos de los nobles sentimientos de su padre, estaba muy lejos de ser tan benévola y tan sencilla como este.

Juanito la contempló admirado mientras saludaba, y al fijar la atencion en la otra persona que se encontraba allí, no pudo el jóven pretendiente contener una exclamacion de sorpresa y de disgusto.

Habia reconocido al dichoso Alfredo, á su odiado rival.

Alfredo saludó ceremoniosamente á Juanito, pero como se saluda á la persona á quien ya se conoce.

Vióse Juanito obligado á corresponder cortésmente al saludo, y el conde, con su llaneza característica, dijo:

—¿Segun veo, se conocen ustedes?

—Sí,—respondió el pretendiente.