Y para que no se le acusase de grosero ó mal educado, añadió:
—Tengo ese honor.
Contentóse Alfredo con hacer un movimiento de cabeza.
El anciano tomó la carta que le presentó Juanito, y con mucha dulzura le dijo que se sentase.
Luego entregó á su hija el papel, mandándole que leyese, so pretexto de que la debilidad de sus ojos no se lo permitia á él.
En aquellos momentos la situacion de Juanito era un tanto peligrosa, y sobre todo muy penosa.
Las veces que por casualidad se habia encontrado con Alfredo en la vivienda de la familia Bonacha, el jóven empleado, siguiendo su costumbre de aparecer el hombre rico y calavera, habló de los muchos recursos con que contaba para vivir desahogadamente, para satisfacer todos sus caprichos y para pagar todas sus locuras.
Y despues de haberse dado tan impremeditadamente los aires de gran señor, solicitaba una ocupacion muy subalterna y mezquinamente retribuida, alegando como título principal la circunstancia de no contar con recursos para atender ni aun á sus más urgentes necesidades.
Todo esto tenia que hacerlo en presencia de Alfredo, que por añadidura era su afortunado rival.
Pensó tambien el infeliz jóven que tal vez valia más que la que llevaba, la recomendacion del aristocrático calavera, y que quizás de este dependia el resultado de la pretension, pues era amigo íntimo del conde y de su hija, y debia ejercer en aquella casa grandísima influencia.