Clotilde, que así se llamaba la hija del conde, leyó lo siguiente:

«Señor conde de Romeral.

»Mi estimado amigo: El dador, don Juan Gonzalez, es un jóven muy desgraciado, pues acaba de quedar cesante, perdiendo así el único recurso con que contaba para comer. Lo conozco hace algunos años, y de muy buena voluntad lo he protegido en cuanto me ha sido posible, pues así lo merece por sus buenas costumbres y su triste situacion.

»Si usted acepta sus servicios, no creo que se arrepentirá, porque me parece que tiene bastante inteligencia para los asuntos en que usted ha de emplearlo, y con todos sus jefes ha probado ser obediente y discreto.

»Tiene muy buena letra, y conoce bastante bien la ortografía.

»Me intereso mucho por su suerte, y le agradeceré que le dispense su proteccion.

»Ruego á usted haga presente mis cariñosos recuerdos á Clotilde, y usted disponga de su mejor amigo, Q. B. S. M.—Pedro de Almendares.

»P. S. No he visto estos dias á nuestro amigo Alfredo, y por esta razon no he podido rogarle que una su recomendacion á la mia, para que el jóven Gonzalez quede al servicio de usted.»

Este último detalle era un golpe más terrible que ninguno.

Cuando el señor de Almendares hacia mencion de Alfredo, era porque la recomendacion de este tenia muchísima importancia, y ya no podia dudarse de que, si Juanito obtenia el empleo de que tanto necesitaba, lo deberia en gran parte al rival á quien tanto odiaba, al hombre á quien habia querido tratar de potencia á potencia.