El pretendiente no conocia el contenido de la carta, porque esta la habia recibido cerrada: si la hubiese leido, tal vez no la habria entregado.

La sorpresa le aturdió.

Apenas acertaba á darse cuenta de lo que le sucedia, y hubo momentos en que creyó que estaba soñando.

—Vean ustedes una coincidencia bien rara,—dijo el conde.

—Ciertamente,—añadió su hija.

Y dirigió á Saavedra una mirada, que queria decir:

—Decide sobre la suerte de este desgraciado.

Alfredo volvió á cambiar de postura.

Desplegó una dulce sonrisa, y le dijo al conde:

—Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por consiguiente no necesito que me lo recomiende el señor de Almendares. Le agradeceré á usted mucho que lo tome á su servicio, y si por cualquiera razon no le conviene hacerlo así, le hablaré al ministro para que sea nuevamente colocado con un ascenso.