Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debió dar las gracias á su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo articular una silaba.
—Señor Gonzalez,—dijo el conde,—bien puede usted asegurar que es el hombre más afortunado del mundo. Se quedará usted á mi servicio, si es que le conviene, y yo haré por usted cuanto me sea posible. Si prefiere usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero en esta época de agitacion y revueltas políticas, ningun empleado puede considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa tendrá usted asegurado su porvenir.
—Gracias, señor conde,—dijo por fin Juanito.
—¿Cuánto sueldo tenia usted?
—Cuatro mil reales.
—Es una miseria, y no comprendo cómo podia usted atender á todas sus necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer milagros. Yo le hubiera ofrecido á usted doble de lo que tenia; pero ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo á dos de mis mejores amigos, al señor de Almendares y al señor de Saavedra. Soy muy caprichoso, como todos los viejos, y á mi hija la sucede casi lo mismo, y para ciertos asuntos, que no tienen más importancia que la que nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de usted. Será usted, como si dijésemos, nuestro secretario íntimo, y si se pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegará un dia que trabaje usted con exceso. ¿Le parece á usted bien? Creo que sí, y por consiguiente nada tenemos que hablar. Mañana vendrá usted á las diez, se instalará en mi despacho, y luego veremos si hay algo que hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, está bien dispuesta, y si yo doy una órden y ella otra contraria, hay que obedecer ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero que á mi lado nadie se disguste. Ya irá usted conociendo las interioridades de la casa, y en cuanto á nuestros amigos, le advierto que el señor de Saavedra es el único verdaderamente íntimo, porque sus relaciones con nosotros tienen un carácter y un fin distinto de las relaciones con los demás.
No necesitaba Juanito más explicaciones para comprender que Alfredo amaba á Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del conde.
Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente, pues le daba la seguridad de que, más ó ménos tarde, Paquita recibiria un desengaño.
Además, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin provocar un lance con su rival.
Las heridas abiertas en el amor propio producen vértigos.