Su pobreza no le parecia un inconveniente á Juanito, pues sobre este punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.

No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando habian visto casarse á una mujer pobre con un hombre rico, ó á una mujer rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de más valor.

Hacer un doble negocio, matar dos pájaros de un tiro, como suele decirse, es una cosa muy bella, y Juanito creyó que esto era lo que iba á conseguir.

Sin saber cómo, acabó Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor indiferencia preguntó cómo este y Juanito se conocian.

El jóven vió el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que él la buscase, y quiso aprovecharla.

Principió por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondió:

—Nos conocimos en cierta casa.

—¡Cierta casa!—replicó Clotilde.—¿Y qué quiere decir eso? ¿Usted no piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada favorable para Alfredo y para usted?

—¡Señorita!...

—Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.