—Sígame.

El niño frunció cejas y morro; los carrillos se le distendieron hasta adquirir alarmante inflazón, como le ocurría cuando sospechaba alguna contrariedad. Echaron á andar en silencio; escaleras arriba, al último piso; luego, á través de oscuros tránsitos, á la enfermería. El Hermano empujó una puerta, y con el brazo derecho invitó á Coste á que penetrase en la celda. Ardía un quinqué, colgado del techo. Por todo atalaje, la cama, una mesa y una silla. Sobre la cabecera del lecho una estampa mala del corazón de María. En la mesa, un libro de devoción. Coste creyó que le tomaba un desmayo.

—Es el caso, Hermano—suspiró—, que usted se debe de equivocar. Yo... yo no me he quejado; no me siento mal; estoy sano.

—No creo equivocarme, señor Coste: cumplo las órdenes del Reverendo Padre Rector.

Salió de la celda, cerrándola con llave. Y quedó Coste á solas, víctima de lúgubres ideas. No acertaba á ver claro en las causas de su confinamiento. «¿Por qué me encierran? ¿Qué lío es éste?» Recorrió su cárcel impulsado por la vehemencia á que aquella sinrazón le arrojaba; cayó, abatido, sobre la silla; lanzó contra la pared el libro devoto; se precipitó después sobre el lecho, y repitió la suerte, cada vez desde mayor distancia, muy complacido al ver que los muelles del colchón le hacían botar; abrió la ventana, que daba al campo; y al cabo de ensayar todas las formas lícitas de la desesperación, reposó un momento y creyó advertir que el estómago estaba en buena coyuntura para soportar algún lastre. En esto, juzgó lo más sensato revestir de forma audible sus propios pensamientos, desdoblarse, conversar consigo mismo.

—Coste, tú tienes apetito. No me lo niegues.

—Un apetito bárbaro.

—¿Lo ves? ¿Y si no te bajaran al refectorio?

—Mejor. Comida me habían de traer bastante y aquí comería más á mi gusto.

—Puede que te castiguen sin vino.