—¡Bah!

—Quizá, sin postre.

—Esas son caxigalinas. Pero, vamos á ver, ¿por qué me van á castigar?

—Eso digo yo.

—Como que es una machada.

Sonó la campana del regulador, llamando á la cena. Coste se puso en pie, con el rostro inflamado de júbilo. La ansiedad le llevó de muro á muro, en agigantados paseos. Oyóse el estridor de la llave; giró la puerta; surgió Santiesteban con una bandeja y, adelantándose hasta la mesita, la despojó del mantel de hule y dejó al aire el tablero de mármol, en donde depositó un panecillo francés y una botella de agua. Coste sonreía, bañado en saliva el paladar. Pensó: «al parecer me dejan sin vino. Paciencia». El Hermano Santiesteban no se fué en busca del resto de la comida, sino que, tomando la botella de agua, empapó convenientemente el pan, hasta casi dejarlo convertido en papilla. Las piernas de Coste flaquearon visiblemente; los mofletes se le volvieron flácidos. El Hermano Santiesteban desapareció, cerrando la puerta. Coste, vacilando, llegó hasta el lecho, se desplomó sobre él, hozó rabiosamente en la almohada, y á la postre, estalló en hipos y sollozos. Á poco se incorporó, enjutándose el llanto y domeñando el hipo.

—Ya soy un hombre; no puedo llorar.

Apretó los puños, amenazando al corazón del monasterio. Sus carrillos atacaban la nota más aguda del invisible cornetín. Escarbó en la memoria, por buscar el vocablo carreteril ó marineril ajustado á las circunstancias, y gruñó con sordo acento:

—¡Cabrones, daos pol tal; me lo habéis de pagar!

Desnudóse y se acostó. No quiso probar el misérrimo alimento que le ofrecían. Antes de que se durmiese, entró el Hermano Echevarría, y le envolvió en una ojeada cariciosa.