—¡Márchese, márchese pronto!—amenazó el muchacho.

—Calla, hombre, que vengo á apagar el quinqué.

Á media noche, despertó, roído por el hambre; fué á tientas á la mesilla y devoró el pan, húmedo aún. Sentía fuego en las fauces y apuró toda el agua de la botella.

Á la mañana siguiente, faltáronle materias sólidas con que quebrantar el ayuno del día; es decir, que no desayunó. Como la sed le hostigase, hubo de beber de bruces en la jofaina que de mañanita le había entrado el Hermano enfermero. Permaneció en el lecho, contemplando á través de la ventana los agros renacientes, tendidos al sol, y reconstruyendo, por los toques de la campana, las etapas de la vida de sus compañeros. Cuando se levantaba, calculó que sería cosa de las diez y media. Sus amigos estarían en clase, esto es, más aburridos que él en aquel momento, y desde luego más temerosos. «Si hubiera moscas por aquí—pensó—; pero, no es tiempo. O arañas...» Examinó bien los ángulos, debajo de la cama; se puso en pie sobre la mesilla hasta casi tentar el cielo raso; no había bicho viviente. Tampoco tenía papel con que plegar pajaritas y gabarrones. Se acodó en el alféizar de la ventana y su ruda imaginación campesina voló hacia el pueblo natal, asentado en la orilla de aquel mismo mar que á su derecha se veía. Se acordó de su padre, navegando quizá á tales horas por las alturas de océanos distantes en el barco velero de casco verde y nombre bello, Las Tres Marías.

Á las once y media, Conejo penetró en el cuarto.

—¿Está el gavilán en la jaula? ¿Hemos acorralado á la fiera?—interrogó de chanza.

Volvióse Coste, quedando de espaldas á la luz. Conejo no era de temer.

El jesuíta añadió:

—Conque, ¿qué te parece esto?

—Yo qué sé.