—¡Vamos, hombre! Tú estas loco, Ricardín—replica Coste, indignado.
—Entonces...
—Entonces, yo qué sé. Dios me ayudará.
Ricardín se desabotona el chaleco, investiga entre los forros, extrae un papel mugriento y lo desarrolla hasta manifestar una pieza de dos pesetas.
—Toma; las pude esconder á principio de curso. De algo te podrán servir.
—No, no las quiero. Guárdalas tú.
Bertuco se interpone.
—Tómalas, Coste; á ti te hacen más falta. Yo no tengo nada que darte.
Rielas atraviesa empeñada lucha interior, en la cual la victoria corresponde á la munificencia. Revuelve en la faltriquera de la cazadora y expone á la luz del día una cajetilla que entrega á Coste.
—Son de emboquillados de Valencia. La puedes vender, ó te la puedes fumar.