«El tercero, oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas.»

«El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza, y el verme (¡oh, gusano!) de la conciencia.»

«El quinto, tocar con el tacto, es á saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas.»

Á continuación de estas frases de Ignacio, aparecen en el manuscrito sendas amplificaciones de los puntos siguientes: el condenado pierde la fruición de Dios; el condenado perdiendo á Dios, pierde también el afecto con que era amado de las criaturas; después que el condenado ha perdido á Dios, y con él todas las cosas, entra además bajo la potestad del demonio: originales del Padre Olano. Luego:

«La repugnancia de uno mismo, que hasta ahora se ha ido acumulando como enorme abceso que vierte ponzoña y pus de fetidez atroz, hará que los alumnos sientan con toda instancia la necesidad de la confesión general, como no sean unos almas de cántaro.»

Hay unas notas marginales;

«San Ignacio veía el demonio á manera de forma serpentina, acariciadora, ó semejante á una muchedumbre de ojos brillantes y misteriosos. Para niños me parece demasiado sutil. Dibújese á Satanás como hombre, con patas de cabrón, el cuerpo del color de la langosta cocida, rabo largo, cuernos feroces y labios apestosos. También en forma de cabra, y cómo á veces anda por las camarillas, y se lleva á los pecadores, de suerte que no incurran en torpezas ó tocamientos.»

«MEDITACION VII. De la pena de sentido. Tiene por objeto asegundar el afecto de la anterior. Refiérase la parábola del rico avariento y de Lázaro, y de cómo aquél pide á Abraham que Lázaro, mojando en agua uno de sus dedos, fuese á refrescarle la lengua. La pena de sentido es universal y atormenta todo el cuerpo y toda el alma. El condenado yace en el infierno siempre en aquel mismo sitio que le fué señalado por la Divina justicia, sin poderse mover, como en un cepo: el fuego de que está, como el pez en el agua, todo circuído, le quema alrededor, á diestra, á siniestra, por arriba y por abajo. La cabeza, el pecho, la espalda, los brazos, las manos y los pies, todo está penetrado de fuego, de manera que todo parece un hierro hecho ascua, como si en este momento se sacase de la fragua; el techo, bajo el cual habita el condenado, es fuego; el alimento que toma, es fuego; la bebida que gusta, es fuego; el aire que respira, es fuego; cuanto ve y cuanto toca, es fuego. Mas este fuego no se queda sólo en el exterior, sino que pasa también á lo interior del condenado: penetra el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, venas, huesos, médula de éstos, sangre (in inferno erit ignis inextinguibilis, vermis inmortalis, foetor intolerabilis, tenebrae palpabilis, flagella cedentium, horrida visio demonum, confusio peccatorum, desperatio omnium bonorum); y lo que es más terrible, este fuego, elevado por divina virtud, llega también á obrar contra las potencias de la misma alma, inflamándolas y atormentándolas.»

Prosiguen abundantes disquisiciones sobre la eternidad, sin interrupción y sin alivio. La octava meditación versa sobre la parábola del hijo pródigo, reposorio grato después de las lóbregas jornadas anteriores, porque:

«Esta parábola anima de un modo admirable al pecador para que no desespere del perdón, por grandes y muchos que sean sus pecados.»