El silencio, durante los cuatro días, fué absoluto; la comida, escasa. Al tercer día, los tiernos corazones é inteligencias habían caído en un á manera de torpor y ofuscamiento continuo, originado por los hórridos sobresaltos que les metían en el pecho. Á mitad de las meditaciones, algunos niños daban en tierra, presa de síncopes y soponcios. Al concluir la plática del infierno aullaban, con indecible espanto, más que decían:

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh! buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me separe de ti.

Del enemigo malo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.