Y manda que venga á ti,
Para que te alabe con los santos
Por infinitos siglos. Amén.
«¡Oh, Jesús mío! Yo no me quiero condenar... Me quiero salvar... ¡Cueste lo que costare!»
Bertuco padeció, todo el tiempo que duraron los ejercicios espirituales, dolorosos desfallecimientos y agonías interiores. Dentro de él despertábase un sentido crítico y de rebelión contra aquellas verdades, pretendidamente inconcusas, que con tanto aparato escénico intentaban inculcarle. Maravillábase de la burda estofa de un Dios que cría al hombre como muñeco con que distraer infinito tedio, y lo trae á la acerbidad de una vida miserable y breve por recibir de él alabanzas, que, siendo Dios, no había de menester, no de otra suerte que un monarca antojadizo y estólido forma cortesanos que lo recreen con adulaciones y lisonjas. Pues si el hombre es cosa tan torpe y hedionda, ¿cómo asegurar que Dios lo hizo á imagen y semejanza suya? Cierto que es así, y no más perfecto, porque incurrió en el pecado del paraíso; mas, ¿por qué se le amasó de barro tan frágil que al primer soplo satánico hízose todo grietas y hendeduras? ¿Sabíalo Dios cuando lo sacó del barro? Pues hizo mal en criar seres para el dolor. ¿No lo sabía? Entonces, ¿dónde está la divina sapiencia y omnipresencia?
Bertuco se oprimía las sienes y trituraba los labios, murmurando: «¡Jesús, Jesús bondadoso, ayúdame! Es Satanás que se introduce en mi inteligencia. ¿Quién soy yo para desentrañar verdades tan altas? ¡Virgen mía, Virgencita blanca y guapina, madre de mi alma, no me desampares! Ves que camino al infierno. ¡Dame la mano!» Pasó toda una noche arrodillado en su camarilla. Fabricó á su modo unas disciplinas, con la cuerda de hacer las palas de red para el juego de pelota, y se azotaba hasta que los ojos se le anublaban y los sentidos se le adormecían.
El Padre Sequeros, que por lo demacrado de la carita de Bertuco adivinaba las cuitas y martirios del muchacho, le enviaba miradas de ternura, dándole con esto algún alivio y fortaleza. ¡Oh, si él pudiera conseguir algún día la seguridad interior de aquel varón santo y sereno! Y, sin embargo, no era raro que se burlasen de Sequeros, motejándolo de loco. ¡Cuánta injusticia! Bertuco entendía de claro modo en aquellos momentos la rara virtud de su inspector, una virtud de aplomo, por decirlo así, que le hacía caer del cielo perpendicularmente hacia el centro de la vida temporal y médula de todas las virtudes, como la plomada busca el centro de la tierra rigiéndose por la armonía múltiple y unánime de las constelaciones. Y de esta suerte, el eje de la vida de Bertuco, en lugar de correr á sumarse y entremecerse en el gran curso de la humanidad, iba descentrándose, apartándose del cauce hondo y materno, aspirando á huir aguas arriba, ó, no siendo esto hacedero, á ser remanso.
La necesidad de la confesión general llegó á hostigar al niño con la violencia de una comezón física. Pero el rubor de sus deshonestidades le mantuvieron largo tiempo indeciso en la elección de Padre con quien confesarse. Resolvióse por el valetudinario Avellaneda, conjeturando que la propincuidad en que se hallaba de la tumba y los muchos años de experiencia le ladearían á la indulgencia. En esto, la erró de medio á medio. Cuando el anciano oyó la historia menuda y prolija de Bertuco y Rosaura, encrespóse coléricamente; babeando, y con voz tartajosa, de mandíbulas desdentadas, profería frases amenazadoras.
—¡Mereces morir aquí mismo, sin absolución, miserable! ¡Tentado estoy de no absolverte, bestia maligna!
Bertuco se arrastraba por tierra, implorando: