—¡Absolución! ¡Absolución! ¡Por Dios, tenga caridad!
Y sus bellos ojos azules manifestaban el espanto de un cielo en donde se apagase el sol para siempre. Aquella mano temblona de senectud le absolvió. Bertuco salió de la celda con el alma leve y ágil; creía llevar alas en los talones, como un dios pagano. Al día siguiente, recibiendo la comunión, temió derretirse en un deliquio.
AMARI ALIQUID
I
Á LA...
Verificábase la Distribución de premios y reparto de dignidades, junto con una Concertación ó certamen científico de la clase de Física, y declamación de odas. Los alumnos vestían el uniforme por primera vez en el curso: un uniforme de traza militar, con gorra y calzones galoneados, luenga y entallada levita de botones metálicos y fajín de seda azul. Á los nuevos, el uniforme les traía extraordinario contentamiento. Los antiguos, mayorcicos ya, avergonzábanse de él como de una librea vilipendiosa, testimonio de esclavitud, y los días señalados para vestirlo procuraban arreglárselas de suerte que sus inspectores no los llevaran de paseo á la ciudad, sino al campo.
La ceremonia se celebraba en el gran salón de actos del colegio. Comenzó á las diez y media de la mañana. Los alumnos de Física y los recitadores ocupaban el estrado. Al pie de éste, y á su derecha, detrás de amplísima mesa, aderezada con rico tapiz, donde se apilaban rimeros de cartulinas, entorchados, cruces y otros objetos varios, enhiestábase el seco torso del Padre Rector, entre dos Padres graves.
La orquesta del colegio ejecutó, en el riguroso sentido de la palabra, la marcha de Tannhäuser. Don Manuel, profesor de música, cuyo rostro era como una masa informe de pudding de sémola, tal le habían roído las viruelas, llevaba la batuta, entregándose á las más desatentadas contorsiones, con lo cual daba á entender que sentía mucho la música.