Levantóse de la butaca, se acercó á un pequeño armario de libros y cogió algunos volúmenes de Schopenhauer.
—¡Viejo lúbrico y cínico; qué necio eres y cuánto mal me has hecho! —Y los arrojó al patio de luces.
Volvió junto al armario, y contempló con extravío el lomo de aquellos pequeños seres taciturnos, apretados en fila unos contra otros.
—He aquí la espina dorsal de la humanidad; inmenso vertebrado, y tan efímero como un piojo. ¿De qué os ha servido vuestro esfuerzo ó vuestra vanidad?
Cogiendo á montones los libros, los iba arrojando al patio. Unos ladridos fogosos, alegres, le hicieron detenerse.
—¡Es Sultán! —Y permaneció meditabundo unos instantes, considerando que su perro era feliz sin duda. Á poco, reanudó sus empresas demoledoras. Esta vez, les tocó el turno á los vaciados de esculturas clásicas y del renacimiento que ornamentaban el estudio. En un instante, quedó sembrado el pavimento de trozos de escayola, de formas mutiladas. Á seguida, la emprendió Alberto con los lienzos que él mismo había pintado; con una espátula, los rasgaba encarnizadamente. Luego, rasgó cuantas reproducciones de cuadros famosos halló á mano. Pero, al llegar á la Monna Lisa, de Leonardo, permaneció inmóvil. Como poseído de un terror supersticioso, con los ojos suspensos y colgados de aquel rostro que vivía una vida inquietante, sobrenatural. Era como si aquello que á Alberto se le antojaba negra brutalidad del universo se definiera en sonrisa animada, y el rostro de la Gioconda no fuera humano sino velado emblema del sentido y la expresión del orbe. Dejó de lado la reproducción, por huir de su encanto, y llamó al timbre.
Manolo se llevó las manos á la cabeza, al entrar:
—Tú obedece y calla. ¿Qué día es hoy?
—Hoy es jueves.
—¿Qué hora?