II
Alberto abrió los ojos y los giró alrededor suyo. Fué un despertar lento y doloroso, como si en virtud de un avatar ó hechizo, su alma volviera á la conciencia en un cuerpo nuevo, desconocido, embotado.
Desde la techumbre, la luz eléctrica, guardada en un globo de cristal rosa, cuajado, efundía leve resplandor auroral. Á Alberto, sin saber por qué, le pareció un sol mozo é inexperto que hacía su primera salida, y el conjunto de muebles de la alcoba que, entre la luz, se erguían arbitrariamente, un universo de sombras sin sentido.
Tenía Alberto el paladar y la lengua desecados, la glotis apretada. El encéfalo se le figuraba una protuberancia suberosa, insensible. Sus extremidades permanecían ajenas al dominio de la voluntad, adormiladas, y en ocasiones así como transidas por muchedumbre de sutiles alfileres. Su cuerpo era un agregado de miembros ajenos á él, con el cual le unía una vaga relación de sensibilidad sorda. Estaba, en suma, sufriendo las reliquias postreras de una formidable embriaguez.
Encontrábase vestido. Se incorporó con esfuerzo y echó pie á tierra. Fué hasta el lavabo, en donde refrigeró la frente, y luego preparó un vaso con Eno’s Fruit Salt, que bebió ansiosamente. Se contempló en la luna del armario. Su demacración era grande, pero eran mayores la fatiga y torpor de su espíritu; y así, lo que en pleno equilibrio le hubiera amedrentado, en aquel punto casi le servía de alivio, como nebulosa promesa de próximo y definitivo descanso.
Apartando un grave y tupido cortinaje, salió al taller ó estudio contiguo á la alcoba. La estancia daba á un patio de luces y tenía un frente corrido de cristales. La luz era cenicienta.
Alberto, hundiéndose más que sentándose, en una muelle y profunda butaca, tapizada de áspera tela de alforjas, quiso hacer examen de conciencia.
Poco á poco iba adquiriendo noción de sí propio, situándose en el tiempo. Comenzó á caminar hacia el pasado, á recapitular el pretérito próximo partiendo del presente. ¿Cuántas horas ó días había estado durmiendo? Cuando había caído en el lecho, á su lado estaba una mujer, Rosina. ¿Qué había sido de ella? Antes, habían vuelto los dos del puerto de los Pinares, adonde había subido en compañía de unos amigos y unas mozas de partido por contemplar desde paraje á propósito un eclipse total de sol. Y antes aún, él, Alberto, era un mozo á quien el azacaneo de la vida había despojado, prematuramente, una por una, de todas las mentiras vitales, de todas las ilusiones normas, y para quien habían perdido el carácter de fuerza motriz todas esas palabras que se acostumbran escribir con mayúscula: religión, moral, ciencia, justicia, sabiduría, riqueza, etc., etc. Lo mismo que en la eternidad del firmamento van apagándose las estrellas, dentro de su alma habían ido muriendo todos los grandes luminares de la infancia. Sustentábase tan sólo, puro y sereno en el vacío, un astro, Belleza, cuyo satélite fiel era la Gloria, la inmortalidad en el recuerdo de los hombres. Pero, en el punto crítico del eclipse, cuando, fuera del curso regular de la naturaleza, las tinieblas se habían derramado sobre la tierra, alcanzáronle también el alma de lleno, de manera que aquel astro dejó de lucir, y entonces Alberto comprendió que la belleza era cosa tan humana, perecedera é inane como todo lo otro; correr en su seguimiento era no menos vano que procurar asir el huracán. Había llegado á ese estado que llamaron los santos de insensibilidad.
Hasta entonces, había buscado en el arte, además de un estímulo, una mitigación de sus cavilaciones, un abrigaño adonde acogerse olvidándose de la vida, como quiere Schopenhauer. Ahora, se le presentaba á los ojos del espíritu, con inconcusa certidumbre, la enorme ridiculez del arte, y se avergonzaba de haberse adscrito en serio á un juego tan pueril y vacuo.