de estelar vellocino.

Y yo estaba anegado de ternura

y de dolor por mis palabras vanas

dichas en un minuto de locura;

pero ya las sentía tan lejanas...

Contemplando la luz azul de Sirio,

oprimí con la diestra el corazón.

Presa como de súbito delirio

gritó mi amigo: «¡No tienes razón!

¡Somos impuros, torpes, bajos, viles!