¿Cómo osamos hacer contacto, di,
á nuestra piel viscosa de reptiles
con el cordero? ¿Tengo razón?»
«Sí.»
Y luego, viendo en la celeste copa
burbujear el eterno vino de oro.
«De la hostia santa, de la santa boca
somos indignos ya; ¿no ves que lloro?»
Desmesuraba su órbita la luna,
cual ojo de un fatídico ananké.