Un sereno bramó: ¡La una! ¡La una!
Y á poco, bajo, á mí: De juerga, ¿eh?
¿Por qué dividió el autor esta composición en dos partes, y la dramatizó, desdoblándose en dos personas? Quizá el propio Alberto no se dió cuenta, obedeciendo al instinto de bifurcación que en tales crisis escinde el corazón humano en dos porciones; llora la una y ríe la otra entre tanto.
XVI
Á las once de la mañana, Alberto estaba en pie y apercibido á emprender la vuelta á Cenciella. Antes de marcharse, escribió á Fina un lacónico billete:
«Señorita Josefina Tramontana.
Fina: mi conciencia me exige renunciar á ti. Soy indigno de tu amor. Procura olvidarme. No intentes saber la causa de mi determinación. Te basta saber, de mi boca, que no te merezco. Adiós: quizá no volveremos á vernos nunca. Temo causarte dolor; ¡perdóname! Si no tuviera ahora la entereza de romper nuestras relaciones, tal vez te acarrease mayores amarguras andando el tiempo, y acaso llegaras á despreciarme. Sírvate esto de consuelo, ¡pobre consuelo, en verdad!
Adiós. Te quiero más que nunca. Te querré siempre ¡la más admirable y pura de las mujeres!
Alberto.»
Plegó cuidadosamente el billete, lo cerró y se lo entregó á Manuela, con orden de que aquella misma tarde lo enviaran á casa de don Medardo.
Llegó á Cenciella á las cinco de la tarde. Dió la vuelta á las afueras del pueblo y penetró en su finca entrando por la casa del casero.
Así que descabalgó, Manolo acudió á él con el rostro alterado y grandes señales de aturdimiento: