—¿Usted no sabe lo que pasa, señorito?

—Tú me lo dirás.

—Pues... Pero, si no puede ser... Aquí hay una confusión. Ea, que no puede ser... Pero ¡qué susto nos llevamos! Que le diga Rufa, la vieja, y Celedonio... Por supuesto, en el pueblo no se habla de otra cosa. Parece que no quieren muy bien al señorito.

En aquel momento llegaron Sultán, rebrincando y ladrando, y Azor, corriendo á su modo sobre las tres patas útiles.

—En resumen, Manolo —inquirió Alberto, aun cuando ya presumía de lo que se trataba.

—En resumen, que estuvo aquí la justicia reclamándole á usted. Decían ¡qué sé yo! Si el señorito quiere que le cuente...

—No me hace falta.

—Entonces el señorito sabrá lo que ha de hacer...

—Naturalmente que lo sé. ¿Ha ocurrido alguna otra cosa de particular?

—Nada.