—Puedes retirarte.

Oíase de la parte del pueblo un gran vocerío de muchedumbre.

—¿Oyes, Manolo?

—Sí, señorito; es en la plaza.

—Supongo que tratarán de lincharme...

Manolo sonrió estúpidamente.

—Creo que sí.

—¿Crees que sí? ¿Y estás tan fresco?

—No me he explicado bien... Quiero decir que... ¿Cómo era? —no conocía el verbo linchar, y estaba confuso.

Alberto, que comprendió sus apuros, lo despidió, reprimiendo la risa: