—Puedes retirarte.
Apenas había quedado solo cuando surgió Rufa, temblequeante y llorosa:
—¡Ay, señoritín de mío vida! ¿Ello qué ye? Mal diaño, mal diaño —y se santiguaba, repetidas veces.
—¡Es mucho moler! —rezongó Alberto, dando una patada en el suelo—. Hágame el favor de tranquilizarse, Rufa, y de no hacer más pamplinas, que estoy ya hasta la coronilla.
Rufa sorbió sus lágrimas y miró los ojos de Alberto, como investigando si eran sanguinarios y criminosos.
—¡Ay, qué gente condergada de Dios! Malhaya pa ellos. Y decíen... Con esos gueyinos azules de angelín —suspiró en elogio de los ojos de Alberto.
—Bien, bien, Rufa. Se acabó y no haga caso de cuentos —se acariciaba la cabeza, envuelta en un inmenso pañuelo de áspero hilo crudo—. ¿Qué ruido es ese que viene de la plaza?
—Pues esa sí que ye buena. ¡Hay títeres esta noche! Está el pueblo en rivolución. Esta mañana salieron los comediantes pel les calles. ¡Cuánta majencia! Y ¡qué modo de soplar en el trompón! atruenaben. Ya ve, señorito, que yo todes les noches á la nueve estoy ya en el xergón: pues hoy pienso dir á ver los títeres. Non quiero morime sin este gusto. Dicen que ye una preciosura.
—Yo también iré y le pagaré á usté la entrada, Rufa, si hay entradas. Quizá, al final, pasen un guante.
—Yo qué sé de eso, señoritín. Diz que un guante; en mi vida oí eso de pasar un guante como no sea pa los doraos. Eso, ustedes que anden pel mundo.