—Hasta luego. Que me suban un vaso de leche. Voy á dormir hasta la hora de los títeres.
Tumbóse en la cama vestido como estaba. Dió vueltas y más vueltas, sin conciliar el sueño. Se le había ocurrido un proyecto inmediato, y á él se aferraba con tanto ahinco é ilusión, que le produjo desequilibrio físico. Las sienes le latían sordamente sobre la almohada y los nervios le daban sacudidas. El cansancio le rindió á la postre. Despertáronlo los alaridos de un cornetín. Comenzaba la función de títeres.
Alberto saltó de la cama y descendió apresurado las escaleras. En el portal tropezó con Rufa, que iba ataviada con sus prendas más ricas; mitones, un mantón que parecía manteleta, mantilla, un abanico con un gato de tamaño natural sobre fondo verde que le había regalado Alberto, y un grueso libro de misa.
—¿Qué es eso, Rufa? —preguntó Alberto señalando el devocionario.
Rufa permaneció perpleja unos minutos. Dióse luego en la frente con el gato, y dijo:
—Estoy toña. Ye la edad. Como nunca me pongo estes gales más que pa dir á misa... ¡Señor, señor, qué cabeza! Pues nada, que iba tan riscantimplada con el libro de misa. ¿Usté ve? Y á lo mejor ye pecao.
Alberto la dió dos pesetas por si la entrada fuese de pago, y salió á escape.
En la plaza pública había un barracón circular, cubierto de lona. Los cencielleses hormigueaban en derredor del improvisado circo. De vez en vez sobresalía del mosconeo general un llanto de niño.
Á la entrada, debajo de seis grandes candiles de aceite, estaba una muchacha huesuda y de avinagrado rostro, vestida de mallas. Á su lado un hombre cincuentón, arrebolado de nariz y mejillas, panzudo. Vestía de frac, cuyos faldones, á causa de las grandes asentaderas del individuo, se entreabrían y levantaban como las alas del grillo puesto á estridular. Alberto pidió una localidad de primera fila. Un jovenzuelo, con un gabancillo pelado y cochambroso, á través del cual se descubría el traje de acróbata, y las mejillas untadas de bermellón, condujo á Alberto hasta su localidad. Hubo de sentarse sobre un tablón, no desbastado y sin respaldar; ante él una maroma que, suspendida de trecho en trecho por medio de estacas, trazaba el círculo quebrado de la pista, espolvoreada de aserrín. Apenas se había sentado, diéronle unos golpecitos en la espalda. Era un rapaz del pueblo.
—Señorito; ahí fuera le llaman.