—¿Quién?
—El Morciello. Dice que salga aína, que le ha de hablar.
El Morciello era el juez de Cenciella. Salió Alberto sin disimular su contrariedad. Conjeturaba el objeto de la conversación. El niño guió á Alberto, señalándole el lugar en donde el Morciello aguardaba. Puesta la mano sobre la boca, el juez tosía con tos breve y hueca de tuberculoso. Llevaba un gabán claro echado sobre los hombros á modo de esclavina; debajo de sus pómulos se abrían fosos profundos, y sus ojos estaban bañados de un humor denso y brillante. Aprovechándose de la tos del juez, Alberto se adelantó á hablar:
—Ya sé para qué me llama usted. Pues bien, yo le digo que parece mentira que esa majadería tan sin pies ni cabeza se prolongue tanto tiempo. Así, me creo excusado de añadir una palabra más, y vuelvo á mi sitio.
—Un momento, le suplico. No puedo meterme en si se trata de una majadería ó no. Basta que usted me lo diga. El asunto concretamente es que he recibido un exhorto del Juzgado de Pilares y debo detenerle á usted, á lo cual no estoy dispuesto porque no olvido los favores que debo á su difunto padre, comenzando por el juzgado, que, gracias á él, me concedieron... Supongo que se trata de una locura de jóvenes y que se arreglará sin pasar á mayores. Por eso he determinado hacer la vista gorda. Pero comprenderá usted que no puedo entrar en el circo, tenerle á usted cerca de mí toda la noche, y mañana asegurar que no he dado con usted. La responsabilidad... Retírese á su casa, márchese mañana de Cenciella y todo se arreglará.
—Usted perdone que no le dé gusto; pero hoy estoy particularmente determinado en hacer mi capricho. Buenas noches.
—Entonces me obligará usted á privarme de ver la función.
—Haga usted lo que le plazca. Buenas noches —giró secamente sobre sus talones y se apartó del Morciello.
Durante toda la noche, Alberto se mantuvo con los codos apoyados en las rodillas, y la mandíbula inferior hundida entre las manos, siguiendo con porfiada fijeza los ejercicios de los titiriteros. Entretanto, su espíritu se conservaba en ebullición continua. La viuda de Ciorretti, no lejos de él, le miraba á hurtadillas, suponiéndole presa de remordimientos atroces, y, movida de compasiva ternura, meditaba la manera de atraerlo en terminando la función, y hacer por endulzarle la sombría soledad de la noche.
Marchaba ya la gente, celebrando la destreza y gracejo de saltimbanquis y payasos. Alberto aguardó inmóvil, la barba metida tozudamente en el ángulo que hacían las dos manos. La viuda de Ciorretti hubo de renunciar á su obra de misericordia. Alejóse el hervor del público. Alberto levantó la cabeza y miró á todos lados; estaba solo. Saltó, por encima de la maroma, y, atravesando la pista, fuese al lugar adonde se habían acogido los titiriteros. Batió palmas. Salió el Pichichi, uno de los clowns, eliminando el albayalde con que se había embadurnado, merced á las virtudes corrosivas de una arpillera.