—¿Comida para el camino?
—¿Acabarás? No quiero nada. Trae ahora té con leche. Y tú, comes antes de salir. ¡Ah! Que el coche sea una cesta.
En estando á solas, Alberto encendió su pipa de brezo y paseó por la estancia. Sentía ahora el corazón ligero, nutrido de ímpetu é impaciencia; quizás alegre. Era que había venido á posarse en él, con aleteo silencioso, como ellas suelen, una nueva ilusión; aquella ilusión cristiana y antigua que arrastró á los padres al yermo, á los misioneros camino adelante, y á las ardientes vírgenes al silencio aquietante del claustro. Pensaba olvidarse de sí propio. Su mentor sería Sultán.
III
Fumaba aún Alberto de la pipa, cuando Manolo le anunció la visita del señor Hurtado. Pocas ganas tenía de conversación, pero hubo de resignarse.
Telesforo Hurtado era un hombre de treinta y dos años; gordo, cetrino, casi oliváceo. Sus ojos eran menudos y sobresaltados, como los del jabalí; la piel le rezumaba sudor denso, como sebo; lacio el bigote, á lo tártaro; vestía de negro. Adelantóse á saludar con mucha efusión á Alberto:
—Mi querido concuñado presunto... —Y, de pronto, echando de ver las señales del cataclismo—: Pero, ¿qué ha ocurrido aquí?
—He sido yo, Telesforo. ¿Qué quiere usted? De pronto he comprendido que el arte es una majadería más y...
—Ja, ja. Rarezas de artista.